La pandemia del coronavirus, dado su excepcionalidad, tiene la gracia de haber configurado un contexto electoral singular, que tiene en el crecimiento estable de la incertidumbre la característica más notable en la opinión de los ciudadanos. Se produce así un vacío o ausencia de regularidad y estabilidad, y, simultáneamente, un distanciamiento creciente entre las preferencias electorales y la decisión del voto; en otras palabras, acostumbradas acciones y estrategias de campaña no resultarían de acuerdo a formatos establecidos en elecciones anteriores y normales.
Carente de regularidad y estabilidad, la opinión de los electores pierde la característica que más lo asemeja a un mercado, despojando de sentido a la herramienta que mayor beneficio produce a las empresas de marketing político: mercado electoral. Desarmados, negocios y estrategas, padecen de pánico debido a la incoordinación entre lo que sucede y lo que se supone que sucede, provocándose la pérdida de hegemonía acerca de las verdaderas predicciones; hegemonía que también forma parte del glosario de herramientas y estrategias acostumbradas a operar en la normalidad.
De aquí que se sea necesario alertar a los electores sobre el mito de que las encuestas de opinión representan una bruta realidad objetiva, pues es bien conocido en el campo de los estudios de comportamiento político que la reducción de frecuencias observadas con la finalidad legitimar el discurso de la significancia estadística no exoneran resultados de encuestas de los llamados errores de cocina.
Un indicio de estos errores de cocina puede ser identificado si observamos el cuadro correspondiente a las elecciones presidenciales de la más reciente encuesta presentada por la firma Mark Penn/Stagwell; en ella, los candidatos puntúan: Gonzalo, 37 %, 9 % más que la encuesta anterior; Abinader, 39 %, 4% menos que el estudio anterior; Leonel, 10 %, 9 % menos que la encuesta anterior; Guillermo Moreno, 1 %, 2 % menos que la encuesta anterior; y los indecisos, 13 %, 10 % más que la encuesta anterior.
En condiciones de normalidad se espera que los indecisos vayan decreciendo a medida que se acerca el día de las elecciones, por lo que resulta muy claro que el efecto contextual incertidumbre actúa en la opinión de los electores; esto parece consistente cuando vemos que al mismo tiempo las puntuaciones de Luis, Guillermo y Leonel, por el contrario, han disminuido en relación a la medición anterior. Pero lo que llama fuertemente la atención es el movimiento simétrico que registra el crecimiento del 9 % de Gonzalo con el 9 % que disminuye Leonel.
Un opinador y los propios operadores de campañas podrían argumentar que el crecimiento de Gonzalo apareja la disminución de Fernández en las preferencias de los electores; inclusive los mismos críticos del PLD podrían decir que este es el efecto de la compra de voluntades mediante el uso de los recursos públicos utilizados durante el período de la pandemia; pero estas argumentaciones puede resultar vulgares y engañosas, si se toma en cuenta que el efecto de estas características del sistema político bien pueden producir un salto audaz que beneficie a Gonzalo, lo que no se puede concebir es que tal audacia este tan milimétricamente confeccionada, que nos lleve a sustentar la creencia vulgar de que en las agregaciones de preferencias electorales los comportamiento similares, como los provenientes del PLD en el caso de Gonzalo y Leonel, obedecen a una lógica linealmente aditiva; a tal punto que la transferencia de las opiniones de los electores se produce en absoluta linealidad y suma cero, contrario a cualquier teoría o supuesto epistemológico sobre comportamiento electoral. No hay, además, la menor razón intrínseca para deducir de las variaciones observadas en la combinación de los dos casos señalados, comparados con el resto de los casos, propiedades y efectos comunes al contexto;, pues la incertidumbre creciente, como proceso mayor, es constante para todas las formaciones políticas.
No cabe dudas de que un problema de los que Stanley Lieberson ha llamado de «selectividad no aleatoria», subyace en los datos presentados en la publicación de la encuesta Mark Penn/Stagwell, puede que este sea un clásico error de cocina, o quizás, para seguir utilizando el lenguaje culinario, tal vez se trata de la aplicación de un acostumbrado aderezo endémico de nuestra gastronomía electoral, con las expectativas de que en este contexto de configuración singular, los electores se comporten con la normalidad acostumbrada. De todas maneras, la selectividad no aleatoria ronda y huele en los datos presentados una clara señal de que algo anda mal en la cocina de Bernardo.
Por Shatterson Cuello
Doctor Ciencias Políticas y economista
Seguir leyendo...Fuente El Nacional https://elnacional.com.do/la-curiosa-cocina-electoral-de-bernardo/
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